Intercambiar selfies eróticas es una práctica habitual. La sexualización de la cultura puede entenderse como una liberación respecto de antiguas represiones y tabúes, pero ¿no hay acaso “igual control del cuerpo y la sexualidad envasado en discursos ‘progres’ e invitaciones amables”? Estas y muchas otras reflexiones sobre el tema propone Valentina Arias en su libro Mandar fotitos. Mujeres jóvenes, imagen y sexualidad en la era digital (Eduvim, Editorial UNR, 2023), una investigación sobre el fenómeno del sexting, que propone un recorrido histórico sobre la sexualidad, pero se centra en un estudio hecho en Mendoza a partir de entrevistas a mujeres jóvenes, entre el 2017 y el 2019.
El libro se presentará este viernes a las 20 en Casa Montenegro (Olascoaga 1480, Ciudad). En el lanzamiento, la autora dialogará con Bettina Martino (doctora en Ciencias Sociales y profesora de la carrera de Comunicación Social) y Ana Sol Sikic (psicoanalista de orientación lacaniana) para aproximarse al tema desde múltiples perspectivas disciplinares.
¿Qué es el “sexting”?
El neologismo “sexting” es una contracción de los términos en inglés sex (sexo) y texting (enviar mensajes de texto). Valentina Arias, doctora en Ciencias Sociales e investigadora de Conicet, realizó una tesis doctoral sobre estas prácticas sexuales virtuales, sobre la base de un trabajo de campo mediante entrevistas a mujeres cisgénero mendocinas de 18 a 25 años durante los años 2017 a 2019.
En plena pandemia, en el 2020, cuando Valentina estaba concluyendo su tesis, desde el Ministerio de Salud de Argentina se instó a la población a optar por prácticas sexuales epidemiológicamente seguras, entre las que se incluyó el sexting. Esto desató una avalancha mediática sobre el tema, que fue tendencia en las redes. Valentina decidió convertir su investigación en libro.

Nos entrevistamos con la autora para profundizar sobre este tema que en la actualidad es un comportamiento habitual y que, además, como Valentina Arias apunta en su escrito, es un fenómeno no tan nuevo como suponemos.
¿Qué es el sexting y qué problemas hay en llamarlo así?
Es una producción de imágenes sexuales del propio cuerpo, usando medios digitales (generalmente, el celular) y la posterior divulgación de esas fotos, es decir, compartirlas por alguna red o plataforma (generalmente, WhatsApp). Esta es una definición básica. Luego, en la práctica, tiene variantes: se puede hacer en el marco de una pareja, con alguien que uno está saliendo, uno a uno, ahora también se suben las imágenes a la lista de mejores amigos en Instagram. Entonces, ya esa persona muestra sus fotos de una manera semipública. En cuanto al vocablo “sexting”, los problemas que le veo es que su uso es académico. La gente no se refiere así a esto, no conoce el término, dice “mandar fotitos”. También se usa “nudes” (desnudo, en inglés) o “packs” (un paquete de varias fotos), aunque este último no sé si todavía se usa.
Tu investigación trata el sexting en mujeres jóvenes pero mayores de edad, sin dudas, es también una práctica habitual en los adolescentes. ¿Cómo se aborda este tema en la escuela y los medios?
Creo que el abordaje en ese caso es más bien abstencionista, es decir, la idea de hacer hincapié en los peligros que tiene la práctica. Hasta hace poco, todas las campañas concientizadoras desde gobiernos, desde ONG o asociaciones civiles, eran dirigidas a mujeres jóvenes y se les recomendaba no practicar “sexting” porque esa foto se podía viralizar. La idea de cuidar la reputación. Cargar la responsabilidad en la mujer y señalar al sexting como peligroso, cuando, en todo caso, realmente, lo que es peligroso es el machismo o la violencia de género, no la práctica del sexting en sí misma. Y, por otro lado, también presentar a la mujer como responsable de que si una foto se viraliza, es su culpa por enviarla. Eso, creo que ahora ha cambiado y ya no se hace hincapié en la peligrosidad de la práctica, sino en que no se debe divulgar una foto y hacerla circular sin el consentimiento de la persona que aparece en la imagen. Además, las políticas abstencionistas, en mi opinión, no sirven. No se va a dejar de hacer. La adolescencia es una etapa exploratoria, de búsqueda de aceptación del otro. El abordaje debe estar puesto en el cuidado: no mostrar la cara o partes del cuerpo que te identifiquen, usar plataformas con mensajes encriptados. Remarcar lo del consentimiento y la aprensión de las violencias sexuales digitales.
¿Y qué pasa con los mayores de edad?
Creo que hay dos tendencias con los discursos sociales del sexting. Está todo este polo que habla sobre la prevención y que pone el foco en los peligros de la práctica y, por otro lado, hay una línea que es muy celebrante del sexting, sobre todo con mujeres mayores de edad, como una prueba de la liberación femenina. Hay un fuego cruzado discursivo que, cuando charlás con quienes lo hacen, también presenta esos matices, tiene esos claroscuros. Por un lado, un costado que habilita ciertos peligros (muchas chicas me contaron experiencias negativas, de chantaje, amenazas o insistencia violenta) y, por otro, al mismo tiempo también me contaban momentos de disfrute, un aprendizaje del amor al cuerpo propio o de adquirir confianza en una misma. Es decir, ni lo uno ni lo otro o, quizás, las dos cosas a la vez.
Sobre Mandar fotitos
En el primer capítulo del libro hablás del “árbol genealógico del sexting”, ¿qué es eso?
Yo rastree algunas prácticas antecesoras del sexting antes de afirmar que es algo nuevo e inédito en la historia. La relación entre la tecnología de la imagen y la sexualidad es antiquísima. Se podría decir que comienza en la era paleolítica: hay falos en erección pintados en las cuevas… pero, para no ir tan atrás, pensemos en qué momento la imagen tuvo esta función de crear redes afectivas, usos eróticos o usos masturbatorios. En el siglo XVIII, aparece una técnica nueva para hacer retratos: unos trozos de marfil donde se pintaban retratos de personas, y se llamaron “miniaturas”. Ese avance técnico fue la posibilidad de ver en forma privada la imagen de una persona, algo inédito hasta ese momento. Los retratos eran enormes, se veían en espacios públicos (estamos hablando, obviamente, de antes de la aparición del daguerrotipo o la fotografía). Estas miniaturas, que podías llevar con vos, como relicario, por ejemplo, ese tipo de uso de la imagen implica que podés ver en privado la imagen de una persona sin que nadie lo sepa. Esto genera, según algunos historiadores, usos masturbatorios de estas imágenes. Luego, con el tiempo, se usan colores pasteles en ellas, que le dan más realismo, y esas miniaturas se enviaban entre las familias burguesas, cuando se arreglaba un matrimonio a distancia, para que los pretendientes se conocieran entre sí. Una especie de “proto Tinder” de esa época (risas). Después ya tenés el daguerrotipo, la fotografía, el cinematógrafo… Lo que me pareció más interesante en el recorrido de este árbol genealógico fue que las tecnologías de la imagen se pusieron muy rápidamente al servicio de la producción de imágenes eróticas y sexuales o pornográficas. El cinematógrafo, por ejemplo, sale en 1895, y el primer cortometraje erótico es de 1896, casi inmediato. Lo mismo sucede con el daguerrotipo en su momento, sobre todo cuando se consigue hacer copias y nace la industria de la pornografía, o con la polaroid en el siglo XX, que estimuló la producción de pornografía o fotos eróticas al permitir revelar sin tener que ir a una casa de revelado, cosa que resultaba vergonzosa. El árbol genealógico muestra que la relación entre la tecnología de la imagen y el erotismo data de hace mucho tiempo. Es interesante ver, por ejemplo, en las novelas de Henry James, de la época victoriana tardía de Inglaterra, fines de 1800, se habla de las “cartes de visite”, unas tarjetas de visita que se usaban en esa época. Eran fotografías personales de gente en ámbitos domésticos que se pegaban a un cartón chiquito y se intercambiaban entre amigos y pretendientes. Era una moda. En las novelas, algunos personajes reflexionan sobre el riesgo de exposición de una joven al intercambiar varias de esas tarjetas de visita con numerosos hombres solteros. ¿Cuál es el límite entre el deseo o la aspiración de una joven por hacerse reconocida socialmente y el manchar su reputación para siempre? Nada nuevo: la mujer joven en el centro de los debates morales por su comportamiento y la tecnología de la imagen desde siempre puesta al servicio del erotismo.


En el siguiente capítulo te referís a un régimen visual que convierte a nuestra época en “tierra fértil para el sexting”, ¿por qué?
Porque vivimos en una época de sexualización de la cultura o pornificación de la cultura. Es un epíteto un poco tosco, pero es cierto que se van corriendo los límites de aquello que se consideraba obsceno. No es el cuerpo sino la mirada la que construye esos conceptos. ¿Qué consideramos hoy una imagen obscena? Se han corrido los límites. Te pongo un ejemplo que quizás no sirva para los más jóvenes, pero nosotros sí lo vamos a comprender: la película Cinema Paradiso. La censura pasaba por las imágenes de besos, era lo que se recortaba. La pregunta sería qué es lo que era censurable en un pueblo de Sicilia de mediados de los 50. El cura veía las películas y hacía sonar una campanita cuando había que censurar algo. Primero: quién censura, y segundo: qué es una imagen censurable. Hoy causa hasta risa por lo inocente de lo que se censuraba. Ahora, presentarse a una o uno mismo en forma sexualizada en las redes sociales, en fotos de perfil, es una forma válida. Eso convierte a la actualidad, me parece, en una tierra fértil.

En tus entrevistas con mujeres mendocinas cisgénero de 18 a 25 años mencionás que ellas seguían un “ritual para fotografiarse”, para lograr “la imagen perfecta”. ¿Cómo es ese ritual?
Nunca es una imagen espontánea. Está lejos del mantra de “mostrate como sos”. Ninguna se sacaba una foto así nomás. Había un ritual. Primero preparaban el espacio: hacían la cama, para que no se viera desordenada. En el baño, lavaban espejos o azulejos, que se viera limpio todo.
El baño es un espacio muy elegido para este tipo de fotos, ¿no?
Sí, es un súper espacio, sobre todo si sos joven y compartís casa con la familia. La variable edad y la variable nivel socioeconómico influyen mucho en las fotos que se toman. Si tenés habitación propia, si la compartís con hermanos o hijos…
Sigamos con el ritual…
Después del espacio, preparan el cuerpo. Se depilan, se visten o ponen accesorios. Luego se toman la foto, algunas me decían que se sacaban hasta 60 por cada toma. Después eligen y ahí viene la posproducción, usar filtros, recortar, agregar emojis, etc. Por último, se comparte.
¿Siempre son selfies, no hay fotógrafos?
En algunos casos hermanas o amigas, pero la mayoría pone el modo selfie o usa temporizador o un espejo. Pero creo que es importante destacar que, en las mujeres al menos, en general, aunque suene esencialista, lo que genera placer en la práctica es el fotografiarse a sí mismas. Todas me decían que las fotos de los varones no les producían mucho, les eran indiferentes o, incluso, no les gustaban o les daban asco.
No hay una erotización en la foto del otro…
No, es autoerótico. Hay algo que tiene que ver con tratar el cuerpo como un objeto y el placer se obtiene en tocar tu cuerpo, fotografiarte y ver qué bien saliste… después la mandás para que el otro vea… pero, generalmente, no importa la foto del otro. Las mujeres, además, me decían que los varones son más dejados, no preparan el ambiente como ellas, las imágenes son primeros planos de los genitales en erección… lo placentero está en el prepararse y, en todo caso, en las palabras, lo que el varón puede decir de ellas, lo que el varón les devuelve en texto.

En un tercer capítulo presentás un recorrido histórico de la sexualidad hasta llegar a nuestra época, en la que la mujer ha dejado de ser un objeto pasivo para ser un sujeto deseante y activo, sin embargo, siguen los mandatos aun tras la libertad sexual…
Para decirlo rápidamente, en la época victoriana había una gran represión de la sexualidad; en el siglo XX tuvimos la revolución sexual pero en Europa, a Latinoamérica llegó más tarde y, a la Argentina, particularmente, recién después de la dictadura, en lo que se llamó el destape democrático, en los 80. Ahora, después de tanta represión, no sólo el sexo ya no es tabú, sino que se arma una tríada entre lo que es sexo, libertad y realización personal. Hay como una exacerbación de la sexualidad que viene unida a estos elementos. Hay posturas que lo celebran porque habla de una apertura mental y posturas que lo condenan porque es un deterioro de la moral. Pero, me parece más interesante preguntarse si en este momento de libertad sexual, de gran circulación de discursos sexuales y esta conminación a disfrutar y tener mucho sexo y tenerlo bien, y si es posible, mostrarlo, cuáles pueden ser los nuevos malestares que esto genera. ¿Por qué sufrimos ahora? Esta exigencia de vivir una vida sexual plena, viene con cierto malestar relacionado a no tener ganas, a tener que esforzarse, el temor a ser aburrido, a que tu pareja piense mal de vos, por eso, hacerlo sin ganas. Hay un mandato de disfrutar siempre. Si antes la figura femenina era la pureza, la castidad, hoy el modelo es la que es osada, atrevida, sexy, que disfruta de su cuerpo, fashion, cool, sabe de sexualidad, tiene juguetes eróticos, etc. Cuando no das la talla, aflora el sentimiento de culpa y menosprecio.
Es, entonces, una nueva forma de mujer-objeto, con nuevas exigencias…
Yo creo que sí. Son nuevos mandatos que se presentan con una cara más amable, envasados en discursos más progres, pero…
Entonces, a veces el sexting no es tan libre, sino que puede ser a demanda…
A veces sí. Las chicas me contaban estrategias para cuando no tenían ganas. Cuando en las relaciones hay un vínculo afectivo, es difícil decir que no. Las que sextean con desconocidos, por ahí, ante la insistencia o la amenaza, los bloquean, pero si es tu pareja, es diferente. Te da miedo que se enoje, hay chantajes. Además, más allá de esto, sextear para las mujeres es siempre una aventura con final incierto. No sabés esa foto dónde va a terminar. Incluso, cuando te peleas, no sabés qué puede pasar.
¿Cuáles fueron tus objetivos al escribir el libro?
Describir una práctica que en ese momento no era tan conocida. Tal vez las cosas han cambiado después de la ola verde, habría que volver a entrevistar a las mujeres. Pero, sobre todo, tenía en mente no caer en polarizaciones. Hay libros de sexting muy celebrantes de la práctica y otros muy apocalípticos. Traté de esquivar ambas posturas. Mi hipótesis también fue cambiando: pasé de creer que era una comercialización de la sexualidad a entender que no es ni lo uno ni lo otro. No es disyuntivo sino conjuntivo. ¿Es una práctica liberadora u objetivadora del cuerpo de la mujer? Es ambas. Por momentos puede que la mujer se ponga en una vidriera para que otros consuman su imagen, pero también algunas se apropian de la práctica y la consideran como algo liberador.

Tu recorte tomó a mujeres jóvenes para trabajar este tema. Considerás que otros géneros y otras edades también hacen sexting. ¿Cuán extendida está esta práctica?
Muy extendida. Sí, todos lo hacen. La excepción es quien no lo hace. Sobre todo en los más jóvenes, hay una naturalización de las fotos eróticas y sexuales en las redes.
Sobre la autora
Es doctora en Ciencias Sociales (UNCuyo), magíster en Psicoanálisis (Universidad del Aconcagua) y licenciada en Comunicación Social (UNCuyo). Becaria postdoctoral de Conicet y docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNCuyo. Sus temas de investigación giran en torno a jóvenes, medios digitales e imágenes, con énfasis en los modos de autopresentación y en las formas de ejercicio de la sexualidad.
El libro de Valentina Arias está a la venta en la Ediunc y en la web de Eduvim.
